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; Foja, Joaquinito y otros dos.
Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era la simonía».
El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar la palabreja.
Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el Obispo.
--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas esas calumniosas especies.
(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)
--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.
--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja, y que don Manuel autoriza esto, y....
--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.
--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?
--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable sonrisa.
--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por todos conceptos.
--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo u