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a cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas, pero no en polvo.

--¿Ve usted?--decía Bedoya.

--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone, se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen más que dinero y credulidad; ¡esto es truquage, puro truquage!

Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía triunfante diciendo por la escalera:

--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay que decirle una palabra!

Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él en semejante disposición de ánimo.

Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio, les llamaban a grandes voces, riendo como locas.

--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose los dedos llenos de almíbar.

--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita preparando la merienda?

Visita se ruborizó levemente.

Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito Orgaz, que había ido a caza de Obdulia....

Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto flan invención de la difunta doña

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