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;a decir don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:
--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.
Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras circunstancias; más adelante.
Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y por algo se empieza.
--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro.
Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión oportuna.
--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!
--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.
--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.
Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero ella, Ana!
Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañ