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ha visto nada....

--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero ya hablaré!

--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este proceso.

--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral.

--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados.

--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices, patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta hostias....

--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste.

--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y....

--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el verdadero dueño de La Cruz Roja, el bazar de artículos de iglesia, al que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del obispado han de venir velis nolis a comprar lo que necesitan y lo que no necesitan.

--Permítame usted, señor Foja o señor diablo....

--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de que La Cruz Roja ocupa los bajos de la casa contigua a la del Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa....

--Hombre, no sea usted barulló

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