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cute; aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se puso a escribir.

El último párrafo decía:

«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: haec dies quam fecit Dominus...».

El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: Prima salus est rectae fidei regulam custodire; confirmábase la doctrina que los griegos profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba y definía, sacro approbante Concilio, que el Romano Pontífice, quum ex cathedra loquitur, goza plenamente, per assistentiam divinam, de aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su Iglesia...».

Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos.

«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas.... ¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica, parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el mar».

Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlp

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