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abismos, entre la nieve, se le presentó una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había mordido al niño.

--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el paso al borrico.

--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo por la vida del angelillo.

--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.

--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...

--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre.

La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.

Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a la Mujer sine labe concepta. De memoria hubiera podido repetir cuanto han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto, del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases de cariño paternal, filial y fraternal.

Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después se regalaban, titulados así: El Rosal de María (en verso)--Flores de María--La devoción de la Inmaculada--El Romancero de Nuestra Señora--La Virgen y el dogma.

Nunca se le había aparecido la Rei

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