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l rumor de los surtidores del patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la huerta, por toda la casa.
No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para decirle al oído:
--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre espiritual... ya comerá contigo.
Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle.
--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con ese caballero?...
Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.
Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las afirmaciones del magnate.
--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el mercado....
--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera... sus ideas.
--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir al aire libre, a la intemperie.
--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.
--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia, que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita.
Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran confianza.
Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la