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dientes, más con el gesto que con los labios.

Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir:

--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo.

Otro misterio como el de Balmes en el techo.

La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo.

--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he conocido....

--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de moralidad. Pero yo soy liberal....

--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy....

--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Pa

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