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e; un obispo de levita (frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó; se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes. «¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril, ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que lleva debajo el cura».
--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante, deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.
No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los cortes de la sotana.
--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.
--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir andando.
--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!
El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta inopinada, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores asegurando que tenía que hacer en Palacio.
No podía más; aq