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del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa.

Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo obscuro.

El sereno cantó las doce a lo lejos.

Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces.

El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían».

La claridad de la vidriera desapareció de repente.

El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.

El sereno volvió a cantar las doce... más lejos.

De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes:

--¡Ya estará durmiéndola!

Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de turbar el silencio de la noche.

Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba.

Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.

El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho.

«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy; dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que había olvidado el otro día».

--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué asco le darían!

Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don Santos:

«¡Ladrón... ladrón... rapavelas!».

FIN DE LA PRIMERA PARTE


La Regenta

por

Leopoldo Alas «Clarín»

Librer&

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