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ute;a. Ella casi siempre llamaba a su marido Quintanar.

Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas de la señora.

Calló y procuró ocultar su confusión.

Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya seria:

--Han traído esto para la señora....

--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el papel de manos de Petra.

«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo».

Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el rostro del ama, añadió:

--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina la doncella de doña Paula.

Ana afirmó con la cabeza mientras leía.

Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una cruz morada sobre la fecha, decía así:

«Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le explicará su atento amigo y servidor,

FERMÍN DE PAS».

No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado de infidelidad. Por la primera vez sintió

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