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e dice que no hay Dios; no hay más que Justicia!».

Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo con benevolencia; y con un poco de burla, en que había algo de caridad, le decía:

--«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?».

--«¡Sí, señor mío! ¡mis principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de animales, para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás zarandajas, no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese la ciencia de los libros en donde quiera, que yo no la he menester!».

El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía sonriendo y movía la cabeza a un lado y a otro.

Si le preguntaban qué opinaba del

Ateo, decía:

--«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene muy buen corazón».

Guimarán juró--tenía que parar en ello--juró no poner jamás los pies en el Casino.

--«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano».

Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y solecismos del lenguaje».

Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en las grandes solemnidades.

Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de

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