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, viejo verde de cincuenta años, el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano, exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el capitán Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un vuelo más alto; Guimarán se dignó prestar atención. Se hablaba ya de la otra vida, y de la moral, que era relativa según la opinión de la mayoría.
Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había moral de ninguna clase--y también se puso de pie--; que el hombre era un animal de costumbres; que cada cual barría para adentro.
--Homo homini lupus--advirtió Bedoya el capitán.
El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin entenderla.
--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz.
--No hay más que materia...--añadió Foja, que sólo en sus borracheras exponía sus opiniones filosóficas.
--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo había oído a su hijo.
--Materia... y pesetas--rectificó Juanito Reseco--con voz aguda, estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender.
--Eso es--gritó el orador Palma; y siguió brindando por todas las excelencias naturales que él echaba de menos en su miserable cuerpo de anémico incurable.
Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones, coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino, rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir todo, estaban solos, todos era