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Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo leve.

--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo malhumorado.

Quintanar le consultaba acerca del estado de Ana.

--¿A ti qué te parece de esto?

--Ps... allá ella. Sus razones tendrá.

--Yo creo Tomás, aquí para interinos... que Anita se nos hace santa, si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia... indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones?

Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba sandeces de su amigo.

También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo. Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces, el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas, venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del guante morado. Mucho tiempo lo habí

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