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o en la Junta directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa. Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. Obdulia le sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche!

Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo:

¿Qué delito cometí para odiarme, ingrata fiera? quiera Dios... pero no quiera que te quiero más que a mí.

--Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar--decía la Marquesa.

Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación:

En fin, señora, me veo sin mí, sin Dios y sin vos, sin vos porque no os poseo...

Y Visitación le tapaba la boca con las manos.

--¡Escandaloso, escandaloso! gritaba.

Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:--¡Buena sociedad la de la Marquesa!

El Marqués le decía en tanto al barón:

--¡Como estamos en confianza!...

--¡Oh, perfectamente, perfectamente!

Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que estaba sola.

Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amo

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