Los pazos de Ulloa, page 130 by Emilia Pardo Bazán
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e que sollozaba con desconsuelo. Apenas logró verle un minuto la cara desviándole de ella los brazos, pudo convencerse de que el muy insolente no hacía sino reírse a más y a mejor, y también notar la extraordinaria lindeza del desharrapado chicuelo. Julián, testigo inquieto de esta escena, se adelantó y quiso arrebatárselo a Nucha.
--Déjemelo usted, don Julián...--suplicó ella--. ¡Qué guapo!, ¡qué pelo!, ¡qué ojos! ¿De quién es esta criatura?
Nunca el timorato capellán sintió tantas ganas de mentir. No atinó, sin embargo.
--Creo...--tartamudeó atragantándose--, creo que... de Sabel, la que guisa estos días.
--¿De la criada? Pero.... ¿está casada esa chica?
Creció la turbación de Julián. De esta vez tenía en la garganta una pera de ahogo.
--No, señora; casada, no.... Ya sabe usted que... desgraciadamente... las aldeanas..., por aquí... no es común que guarden el mayor recato.... Debilidades humanas.
Sentóse Nucha en un poyo del corral que con el gallinero lindaba, sin soltar al chiquillo, empeñándose en verle la cara mejor. Él porfiaba en taparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo montés cautivo y sujeto. Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños como la propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.
--Julián, ¿tiene usted ahí una pieza de dos cuartos?
--Sí, señora.
--Toma, rapaciño.... A ver si me pierdes el miedo.
Fue eficaz el conjuro. Alargó el chiquillo la mano, y metió rápidamente en el seno la moneda. Nucha vio entonces el rostro redondeado, hoy