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arcones para la ropa blanca.... Hágame el favor de venir, Julián, ahora que la niña duerme.... Quiero quitarme de la cabeza estas aprensiones y estas tontunas.
Intentó el capellán disuadirla: temía que se cansase, que se enfriase al atravesar los salones, al bajar al claustro. La señorita no dio más respuesta que dejar la labor, envolverse en su mantón y echar a andar. Cruzaron a buen paso la fila de habitaciones extensas, desamuebladas, casi vacías, donde las pisadas retumbaban sordamente. De tiempo en tiempo, Nucha volvía la cabeza atrás a ver si la seguía su acompañante, y el ademán de volverla revelaba alteración y zozobra. En la diestra columpiaba un manojo de llaves. Salieron al claustro superior, y por una escalerilla muy pendiente descendieron al inferior, cuyas arcadas eran de piedra.
Llegados al patín que cerraba el grave claustro, Nucha señaló a un pilar que tenía incrustada una argolla de hierro, de la cual colgaba aún un eslabón comido de orín.
--¿Sabe usted qué era esto?--murmuró con apagada voz.
--No sé--respondió Julián.
--Dice Pedro--explicó la señorita--que estuvo ahí la cadena con que tenían sujeto sus abuelos a un negro esclavo.... ¿No parece mentira que se hiciesen semejantes crueldades? ¡Qué tiempos tan malos, Julián!
--Señorita..., a don Máximo Juncal, que no piensa más que en política, todo se le vuelve hablar de eso; pero mire usted, en cada tiempo hay su legua de mal camino.... Bastantes barbaridades hacen hoy en día, y la religión anda perdida desde estas grescas.
--Pero como aquí--observó Nucha, formulando sencillamente una observación histórico-filosófica de bastante alcance--no ve uno sino las atrocidades