Los pazos de Ulloa, page 208 by Emilia Pardo Bazán

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cruelmente, desnudo como estaba, le persiguió por el salón hasta expulsarle a empellones.

--¡Largo de aquí!--decía más pálida que nunca y con los ojos llameantes--. ¡Que no te vea yo entrar!... Como vuelvas te azoto, ¿entiendes?, ¡te azoto!

Pasó tras el biombo otra vez, y Julián la siguió aturdido, sin saber lo que le sucedía. Con la cabeza baja, los labios temblones, la señora de Moscoso arreglaba, sin disimular el desatiento de las manos, los pañales de su hija, cuyo llorar tenía ya inflexiones de pena como de persona mayor.

--Llame usted al ama--ordenó secamente Nucha.

Corrió Julián a obedecer. A la puerta del salón le cerraba el paso una cosa tendida en el suelo; alzó el pie; era Perucho, en cueros, acurrucado. No se le oía el llanto: veíase únicamente el brillo de los gruesos lagrimones, y el vaivén del acongojado pecho. Compadecido el capellán, levantó a la criatura. Sus carnes, mojadas aún, estaban amoratadas y yertas.

--Ven por tu ropa--le dijo--. Llévala a tu madre para que te vista. Calla.

Insensible como un espartano al mal físico, Perucho sólo pensaba en la injusticia cometida con él.

--No hacía mal...--balbució, ahogándose--. No-ha-cí--a-mal... ningu... no....

Volvió Julián con el ama, pero la criatura tardó bastante en consolarse al pecho. Ponía la boquita en el pezón, y de repente torcía la cara, hacía pucheros, iniciaba un llanto quejumbroso. Nucha, con andar automático, salió del retrete formado por el biombo y se acercó a la ventana, haciendo seña a Julián de que la siguiese. Y, demudados ambos, se contemplaron algunos minutos silenciosamente, ella preguntando con imperiosa ojeada, él resuelto ya a

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