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engañar, a mentir. Hay problemas que sólo lo son planteados a sangre fría; en momentos de apuro, los resuelve el instinto con seguridad maravillosa. Julián estaba determinado a faltar a la verdad sin escrúpulos.

Al cabo Nucha pronunció con sordo acento:

--No crea que es la primera vez que se me ocurre que ese... chiquillo es... hijo de mi marido. Lo he pensado ya; sólo que fue como un relámpago, de esas cosas que desecha uno apenas las concibe. Ahora ya... ya estamos en otro caso. Sólo con ver su cara de usted....

--¡Jesús!, ¡señorita Marcelina! ¿Qué tiene que ver mi cara?... No se acalore, le ruego que no se acalore.... ¡Por fuerza esto es cosa del demonio! ¡Jesús mil veces!

--No, no me acaloro-exclamó ella, respirando fuerte y pasándose por la frente la palma extendida.

--¡Válgame Dios! Señorita, a usted le va mal. Se le ha vuelto un color.... Estoy viendo que le da el ataque. ¿Quiere la cucharadita?

--No, no y no; esto no es nada: un poco de ahogo en la garganta. Esto lo... noto muchas veces; es como una bola que se me forma allí.... Al mismo tiempo parece que me barrenan la sien.... Al caso, al caso. Decláreme usted lo que sabe. No calle nada.

--Señorita...--Julián resolvió entonces, en su interior, apelar a eso que llaman subterfugio jesuítico, y no es sino natural recurso de cuantos, detestando la mentira, se ven compelidos a temer la verdad--. Señorita.... Reniego de mi cara. ¡Lo que se le ha ido a ocurrir! Yo no pensaba en semejante cosa. No, señora, no.

La esposa hincó más sus ojos en los del capellán e hizo dos o tres interrogaciones concretas, terminantes. Aquí del jesuitismo, mejor dicho, de la verdad cogida por donde no pincha ni corta.

--Me puede creer; ya ve que no había de tener g

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