Los pazos de Ulloa, page 8 by Emilia Pardo Bazán

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, sintiendo allá en su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara de niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la compostura ascética de las facciones.

--¿Y usted se llama Julián Álvarez?--interrogó el marqués.

--Para servir a usted muchos años.

--¿Y no acertaba usted con los Pazos?

--Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos no le sacan a uno de dudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo que....

--Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar otra vez?

--¡Señor! No faltaba más.

--Primitivo--ordenó el marqués--, coge del ramal a esa bestia.

Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía. Primitivo, obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía su pitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.

--¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no mete respeto?

--Boh.... Ahora se estila ordenar miquitrefes.... Y luego mucho de alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo fuera el arzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!


-II-

Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras del cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía la oscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones, escondiéndose las líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillaba en el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a piedra y lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde al punto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Después de cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótano con

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