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lde;o y del descanso.

Al día siguiente, bien de mañana, estaba ya en su bufete, sumando y figurando cantidades de un valor inmenso, y sin embargo de tener a mano el dinero que su familia le envió para el viaje, me rogó que le prestase tres monedas que fuesen de una a otra mayores en otro tanto.

Respondíle que las monedas pocas que poseía no guardaban tal proporción; pero que para gastarlas nada importaba aquella para mí circunstancia muy extraña.

Se levantó sin replicarme ni un eco, y fuése por la casa en demanda de monedas tan peregrinas, y a poco volvió diciendo:

--Es mucho que nadie ha podido cumplirme el gusto sino la persona que menos hubiera querido; pero la fuerza ha sido contentarse con su buena obra. La vieja Carja me ha dado tres monedas con el requisito que yo pedía: son tres doblas, la primera de dos pesos, la segunda de cuatro y la tercera de ocho, y esta última preciso es que la tenga guardada muchos lustros ha, puesto que es de oro macuquino o cortado.

Y esto hablando me enseñó la dobla, que por el reverso tenía los nombres de Fernando y de Isabel.

--La vieja Carja--prosiguió mi camarada--, por muy dulzaina que se muestre para conmigo, siempre me es de mal agüero desde que el otro día, diciéndome la buenaventura cierta gitanilla que conoces, me vaticinó que mis gustos se me habían de aguar por manos viejas; pero en el asunto que ahora trato no sé qué mal pueda inducirme.

Nos separamos sobre el anochecer y quedamos, como siempre, citados en el puente de Santa Ana. Llegada la hora, y aun no había dado el cuarto para las doce, cuando con paso vacilante y con el aire más melancólico se me acercó, y tomándome por la mano, fría como el granizo, tiró de mí para la posada, yendo yo tan confuso como espantado.

Sus suspiros me l

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Novelas y cuentos, page 68
by S. Estébanez Calderón

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