110
obre ingeniero. Deploró con toda su alma haber entrado en casa de las Troyas, y resuelto a emplear mejor el tiempo, mientras su hipocondría le durase, recorrió las calles de la población.
[25] Visitó el mercado, la calle de la Tripería, donde estaban las principales tiendas; observó los diversos aspectos que ofrecían la industria y comercio de la gran Orbajosa, y como no hallara sino nuevos motivos de aburrimiento, encaminóse al paseo de las Descalzas; pero no vió en él [30] más que algunos perros vagabundos, porque con motivo del viento molestísimo que reinaba, caballeros y señoras se habían quedado en sus casas. Fué a la botica, donde hacían tertulia diversas especies de progresistas rumiantes, que estaban perpetuamente masticando un tema sin fin; pero allí se aburrió más. Pasaba al fin junto a la catedral, 97 cuando sintió el órgano y los hermosos cantos del coro. Entró, arrodillóse delante del altar mayor, recordando las advertencias que acerca de la compostura dentro de la [5] iglesia le hiciera su tía; visitó luego una capilla, y se disponía a entrar en otra, cuando un acólito, celador o perrero se le acercó, y con modales muy descorteses y descompuesto lenguaje, le habló así:
--Su Ilustrísima dice que se plante usted en la calle.
[10] El ingeniero sintió que la sangre se agolpaba en su cerebro. Sin decir una palabra obedeció. Arrojado de todas partes por fuerza superior o por su propio hastío, no tenía más recurso que ir a casa de su tía, donde le esperaban:
1.° El tío Licurgo, para anunciarle un segundo pleito. [15] 2.° El Sr. D. Cayetano, para leerle un nuevo trozo de su discurso sobre los linajes de Orbajosa. 3.° Caballuco, para un asunto que no había manifestado. 4.° Do&nt