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en silencio; entregas tu inocente cuello al verdugo; [30] te dejas matar, y el mismo cuchillo, hundido en tu garganta, te parece la espina de una flor que se te clavó al pasar. Rosario, desecha esas ideas: considera nuestra verdadera situación, que es grave: mira la causa de ella donde verdaderamente está, y no te acobardes, no cedas a la mortificación que se te impone, enfermando tu alma y tu cuerpo. 118 El valor de que careces te devolverá la salud, porque tú no estás realmente enferma, querida niña mía, tú estás... ¿quieres que lo diga? estás asustada, aterrada. Te pasa [5] lo que los antiguos no sabían definir y llamaban maleficio. ¡Rosario, ánimo, confía en mí! Levántate y sígueme. No te digo más.

--¡Ay, Pepe... primo mío!... se me figura que tienes razón--exclamó Rosarito anegada en llanto.--Tus [10] palabras resuenan en mi corazón como golpes violentos que, estremeciéndome, me dan nueva vida. Aquí en esta obscuridad, donde no podemos vernos las caras, una luz inefable sale de ti y me inunda el alma. ¿Qué tienes tú, que así me transformas? Cuando te conocí, de repente fuí [15] otra. En los días en que he dejado de verte me he visto volver a mi antiguo estado insignificante, a mi cobardía primera. Sin ti vivo en el Limbo, Pepe mío.... Haré lo que me dices, me levanto y te sigo. Iremos juntos a donde quieras. ¿Sabes que me siento bien? ¿Sabes que no [20] tengo ya fiebre, que recobro las fuerzas, que quiero correr y gritar, que todo mi ser se renueva, y se aumenta y se centuplica para adorarte? Pepe, tienes razón. Yo no estoy enferma, yo no estoy sino acobardada; mejor dicho, fascinada.

[25] --Eso es, fascinada.

--Fascinada. Terribles ojos me miran y me dejan muda y trémula. Tengo miedo; ¿per

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