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e la señora.
--Todo se reduce a que el brigadier y los oficiales son [30] uña y carne de D. José, y lo que él quiera lo quieren esos soldadotes, y esos soldadotes harán toda clase de atropellos y barbaridades, porque ese es su oficio.
--Y no tenemos alcalde que nos ampare.
--Ni juez.
--Ni gobernador. Es decir, que estamos a merced de 158 esa infame gentuza.
--Ayer--dijo Vejarruco,--unos soldados se llevaron engañada a la hija más chica del tío Julián, y la pobre no [5] se atrevió a volver a su casa; mas la encontraron llorando y descalza junto a la fuentecilla vieja, recogiendo los pedazos de la cántara rota.
--¡Pobre D. Gregorio Palomeque! el escribano de Naharilla Alta--dijo Frasquito.--Estos pillos le robaron todo [10] el dinero que tenía en su casa. Pero el brigadier, cuando se lo contaron, contestó que era mentira.
--Tiranos, más tiranos no nacieron de madre--manifestó el otro.--¡Cuando digo que por punto no estoy con los Aceros!...
[15] --¿Y qué se sabe de Francisco Acero?--preguntó mansamente doña Perfecta.--Sentiría que le ocurriera algún percance. Dígame usted, D. Inocencio, ¿Francisco Acero no nació en Orbajosa?
--No; él y su hermano son de Villajuán.
[20] --Lo siento por Orbajosa--dijo doña Perfecta.--Esta pobre ciudad ha entrado en desgracia. ¿Sabe usted si Francisco Acero dió palabra al gobernador de no molestar a los pobres soldaditos en sus robos de doncellas, en sus irreligiosidades, en sus sacrilegios, en sus infames felonías?
[25] Caballuco dió un salto. Ya no se sentía punzado, sino herido por atroz sablazo. Encendido el rostro y con los ojos llenos de fuego, gritó de este modo:
--Yo di mi palabra al gobernador, porque el gobernador me dijo que venían con