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e; estas palabras:

[35] --Digo que no hay más que decir. ¡Viva Orbajosa, muera Madrid!

Descargó la mano sobre la mesa, con tal fuerza que 168 retembló el piso de la casa.

--¡Qué poderoso brío!--dijo D. Inocencio.

--Vaya que tienes unos puños....

[5] Todos contemplaban la mesa que se había partido en dos pedazos.

Fijaban luego los ojos en el nunca bastante admirado Renialdos o Caballuco. Indudablemente había en su semblante hermoso, en sus ojos verdes, animados por extraño [10] resplandor felino, en su negra cabellera, en su cuerpo hercúleo, cierta expresión y aire de grandeza, un resabio o más bien recuerdo de las grandes razas que dominaron al mundo. Pero su aspecto general era el de una degeneración lastimosa, y costaba trabajo encontrar la filiación noble y [15] heroica en la brutalidad presente. Se parecía a los grandes hombres de D. Cayetano, como se parece el mulo al caballo.


XXIII

=Misterio=

Después de lo que hemos referido, duró mucho la conferencia; pero omitimos lo restante por no ser indispensable para la buena inteligencia de esta relación. Retiráronse al [20] fin, quedando para lo último, como de costumbre, el Sr. D. Inocencio. No habían tenido tiempo aún la señora y el canónigo para cambiar dos palabras, cuando entró en el comedor una criada de edad y mucha confianza, que era el brazo derecho de doña Perfecta, y como ésta la viera [25] inquieta y turbada, llenóse también de turbación, sospechando que algo malo en la casa ocurría.

--No encuentro a la señorita por ninguna parte--dijo la criada, respondiendo a las preguntas de la señora.

--¡Jesús! ¡Rosario!... ¿dónde está mi hija?

--¡Válgame la Virgen del Socorr

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