200
en la vida, y es que si esta exaltación del afecto materno no coincide con la absoluta pureza del corazón y con la honradez perfecta, suele extraviarse y convertirse en frenesí [25] lamentable, que puede contribuir como otra cualquiera pasión desbordada, a grandes faltas y catástrofes.
En Orbajosa, María Remedios pasaba por un modelo de virtud y de sobrinas: quizás lo era en efecto. Servía cariñosamente a cuantos la necesitaban; jamás dió motivo a [30] hablillas y murmuraciones de mal género; jamás se mezcló en intrigas. Era piadosa, no sin dejarse llevar a extremos de mojigatería chocante; practicaba la caridad; gobernaba la casa de su tío con habilidad suprema; era bien recibida, admirada y obsequiada en todas partes, a pesar del sofoco casi intolerable que producía su continuo afán de suspirar y 188 expresarse siempre en tono quejumbroso.
Pero en casa de doña Perfecta, aquella excelente señora sufría una especie de capitis diminutio. En tiempos remotos [5] y muy aciagos para la familia del buen Penitenciario, María Remedios (si es verdad, ¿por qué no se ha de decir?) había sido lavandera en la casa de Polentinos. Y no se crea por esto que doña Perfecta la miraba con altanería: nada de eso. Tratábala sin orgullo: sentía hacia ella un cariño [10] verdaderamente fraternal; comían juntas; rezaban juntas; referíanse sus cuitas; ayudábanse mutuamente en sus caridades y en sus devociones, así como en los negocios de la casa... ¡pero fuerza es decirlo! siempre había algo, siempre había una raya invisible, pero infranqueable, entre [15] la señora improvisada y la señora antigua. Doña Perfecta tuteaba a María, y ésta jamás pudo prescindir de ciertas fórmulas. Sentíase tan pequeña