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[30] Hubo una pausa, durante la cual se oía el agitado resuello de la mujer furiosa.

--Mujer--dijo al fin D. Inocencio,--me has quitado diez años de vida; me has abrasado la sangre; me has vuelto loco... ¡Dios me dé la serenidad que para aguantarte necesito! Señor, paciencia, paciencia es lo que 198 quiero; y tú, sobrina, hazme el favor de llorar y lagrimear y estar suspirando a moco y baba diez años, pues tu maldita maña de los pucheros, que tanto me enfada, es preferible a [5] esas locas iras. Si no supiera que en el fondo eres buena... Vaya, que para haber confesado y recibido a Dios esta mañana, te estás portando.

--Sí, pero es por usted, por usted.

--¿Porque en el asunto de Rosario y de Jacinto te digo [10] "resignación"?

--Porque cuando todo marcha bien, usted se vuelve atrás y permite que el Sr. Rey se apodere de Rosarito.

--¿Y cómo lo voy a evitar? Bien dice la señora que tienes entendimiento de ladrillo. ¿Quieres que salga por [15] ahí con una espada, y en un quítame allá esas pajas haga picadillo a toda la tropa, y después me encare con Rey y le diga: "o usted me deja en paz a la niña o le corto el pescuezo"?

--No, pero cuando aconsejé a la señora que diera un [20] susto a su sobrino, usted se ha opuesto, en vez de aconsejarle lo mismo que yo.

--Tú estás loca con eso del susto.

--Porque "muerto el perro se acabó la rabia."

--Yo no puedo aconsejar eso que llamas susto y que [25] puede ser una cosa tremenda.

--Sí, porque soy una matona, ¿no es verdad, tío?

--Ya sabes que los juegos de manos son juegos de villanos. Además, ¿crees que ese hombre se dejará asustar? &iqu

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