Doña Perfecta, page 60 by Benito Pérez Galdós
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ien todo lo que digas, tienes razón.
--Rosario--exclamó el joven.--Desde que te vi, mi alma se sintió llena de una alegría muy viva... he sentido [30] al mismo tiempo un pesar, el de no haber venido antes a Orbajosa.
--Eso sí que no lo he de creer--dijo ella, afectando jovialidad para encubrir medianamente su emoción.--¿Tan pronto?... No vengas ahora con palabrotas... Mira, Pepe, yo soy una lugareña; yo no sé hablar más que cosas 47 vulgares; yo no sé francés; yo no me visto con elegancia; yo apenas sé tocar el piano; yo....
--¡Oh, Rosario!--exclamó con ardor el joven.--Dudaba [5] que fueses perfecta; ahora ya sé que lo eres.
Entró de súbito la madre. Rosarito, que nada tenía que contestar a las últimas palabras de su primo, conoció, sin embargo, la necesidad de decir algo, y mirando a su madre, habló así:
[10] --¡Ah! se me había olvidado poner la comida al loro.
--No te ocupes de eso ahora. ¿Para qué os estáis ahí? Lleva a tu primo a dar un paseo por la huerta.
La señora se sonreía con bondad maternal, señalando a su sobrino la frondosa arboleda que tras los cristales [15] aparecía.
--Vamos allá--dijo Pepe levantándose.
Rosarito se lanzó como un pájaro puesto en libertad hacia la vidriera.
--Pepe, que sabe tanto y ha de entender de árboles--afirmó [20] doña Perfecta,--te enseñará cómo se hacen los ingertos. A ver qué opina él de esos peralitos que se van a trasplantar.
--Ven, ven--dijo Rosarito desde fuera.
Llamaba a su primo con impaciencia. Ambos desaparec