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p>--Por mi vida que no.
--Son las Troyas, las niñas de Troya. Pues no conoce usted nada bueno... Tres chicas preciosísimas, hijas de [5] un coronel de Estado Mayor de Plazas, que murió en las calles de Madrid el 54.
La celosía se abrió de nuevo y comparecieron dos caras.
--Se están burlando de nosotros--dijo Tafetán haciendo una seña amistosa a las niñas.
[10] --¿Las conoce usted?
--¿Pues no las he de conocer? Las pobres están en la miseria. Yo no sé cómo viven. Cuando murió D. Francisco Troya, se hizo una suscripción para mantenerlas; pero esto duró poco.
[15] --¡Pobres muchachas! Me figuro que no serán un modelo de honradez....
--¿Por qué no?... Yo no creo lo que en el pueblo se dice de ellas.
Funcionó de nuevo la celosía.
[20] --Buenas tardes, niñas--gritó D. Juan Tafetán dirigiéndose a las tres, que artísticamente agrupadas aparecieron.--Este caballero dice que lo bueno no debe esconderse, y que abran ustedes toda la celosía.
Pero la celosía se cerró y alegre concierto de risas difundió [25] una extraña alegría por la triste calle. Creeríase que pasaba una bandada de pájaros.
--¿Quiere usted que vayamos allá?--dijo de súbito Tafetán.
Sus ojos brillaban, y una sonrisa picaresca retozaba en [30] sus amoratados labios.
--¿Pero qué clase de gente es esa?
--Ande usted, Sr. de Rey... Las pobrecitas son honradas. ¡Bah! Si se alimentan del aire como los camaleones. Diga usted, el que no come, ¿puede pecar?
Bastante virtuosas son las infelices. Y si pecaran, limpiarían 88 su conciencia con el gran ayuno que hacen.
--Pues vamos.
Un momento después, D. Juan Tafetán