e un piso entresuelo muy bajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno de los cierros de cristales carecia de pestillo.... ¿Cómo era posible que mi mujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos en un cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?
Llamo al _garçon_, y le digo que se habian olvidado sin duda de poner las maderas á los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El _garçon_ se sonrió compasivamente. Hace cuarenta años, me dijo, que este hotel existe; tal como está hoy estuvo siempre, y todavía no se cuenta que haya sucedido la menor tentativa de robo.
_¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur, allez!_) Y diciendo esto se marchaba.
--Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir, que nos hemos de quedar de este modo?
--El amo responde de lo que suceda.
--Perdone usted; el amo no puede responder de que me degüellen, y si esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese.
El garçon soltó una carcajada con el mayor