trada hambre, veía entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.
--¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.
Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca, lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un gobernante de cuando llegase «la nuestra»!...
Las noches que faltaba