os de la Princesa, y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había reposado contra su corazón, y en tan oculto y deseado lugar había permanecido. El robador desapareció en seguida, remontando el vuelo y perdiéndose en las nubes.
Esta vez no se desmayó la Princesa; antes bien se paró muy colorada y dijo a la doncella:--Mírame, mírame los labios; ese pájaro insolente me los ha herido, porque me arden.
La doncella los miró y no notó picadura ninguna; pero indudablemente el pájaro había puesto en ellos algo de ponzoña, porque el traidor no volvió a aparecer en adelante, y la Princesa fue desmejorándose por grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la consumía, y casino hablaba sino para decir:--Que no le maten... que me le traigan vivo... yo quiero poseerle.
Los médicos estaban de acuerdo en que la única medici